domingo, 10 de abril de 2022

482. Libros dedicados

Creo haber leído en alguna parte que los rasgos que definen el carácter de un individuo están marcados por las cinco personas con las que ha tenido un vínculo más intenso y/o duradero. O lo que es lo mismo, uno no es sino un collage de trozos de otras identidades. Cuando Ortega y Gasset dijo aquello de yo soy yo y mis circunstancias, creo que apuntaba un poco en esa dirección. Ningún yo es pues del todo genuino y auténtico, sino una mezcla de otros yos. Somos un simple eslabón en una cadena expuesta a los avatares del entorno en el que nos tocó vivir. No sé si esta teoría es del todo cierta, pero a mí me seduce en buena medida (se non è vero, è ben trovato, como diría Giordano Bruno). Incluso iría un poco más lejos y diría que nuestra identidad está profundamente marcada, no sólo por las personas que hemos querido, admirado, con las que hemos convivido, compartido, sufrido, por las que hemos sentido, amor y también dolor; sino también por los libros que hemos leído, las películas que hemos visto, las canciones que hemos escuchado y bailado (mal que bien), los lugares que hemos visitado, momentos que hemos vivido, buenos y malos, imágenes que hemos disfrutado, palabras que hemos escuchado y leído (y no sólo en los libros). En lo que respecta a estos últimos, aquéllos que contienen unas notas autógrafas del autor o autora, o de la persona que nos los ha regalado, tienen un significado especial, dejan una impronta más profunda. A veces incluso es más determinante la dedicatoria que el contenido del libro (o el mensaje oculto en el título). Casi diría que un libro dedicado en cierto modo no es más que una dedicatoria seguida de un epílogo. Así, un día cualquiera, no se sabe muy bien por qué suerte de azar, coinciden algunos de estos libros dedicados en un mismo lote y te muestran, como un espejo, una imagen de tu yo íntimo y particular, que si no te define de modo muy preciso, cuando menos se aproxima bastante.

viernes, 25 de marzo de 2022

481. Congoja

El pasado miércoles, 24 de marzo, fueron muchos los santiagueses que alzaron la mirada al cielo para ver pasar unos cazas del Ejército del Aire. Aunque eran unas prácticas que estaban anunciadas, más de uno se llevó una sorpresa al ver esos artefactos sobrevolando las torres de la catedral. Una amiga incluso me comentó que había sentido miedo, o por lo menos mucha preocupación. No es de extrañar, con una hija preadolescente este tipo de cosas se perciben con mucha congoja. Yo procuré tranquilizarla intentando quitarle hierro al asunto y le dije que eran simples maniobras de adiestramiento militar, como las que se practican cualquier día del año.

Esta anécdota (esperemos que se quede sólo eso, en una anécdota) me retrotrajo a mi infancia en Suiza, un país neutral y pacífico, pero armado hasta los dientes y cuya población tiene garantizada una plaza en uno de los miles de refugios antiaéreos distribuidos por todo el país (entre ellos algunos túneles que horadan las montañas alpinas como un queso Emmental y que pueden ser habilitados a tal efecto). Como Suiza es un país pequeño, para hacer sus prácticas de adiestramiento los pilotos tienen que curzar todo su espacio aéreo varias veces al día. 

De niño veía con mucha frecuencia a los Mirage 5 surcar el cielo. Y no eran raras las ocasiones en que se escuchaba un ruido estruendoso al romper los cazas la barrera del sonido. Fue muy probablemente este el motivo por el que me aficioné a los aviones y le pedí a mi madre que me comprase el libro Flugzeuge der Welt, una especie de mini enciclopedia de la aviación, que incluía como único representante español el CASA C.212 Aviocar. Una afición que me llevó pronto al aeromodelismo, al que llegué a dedicar horas y horas montando con verdadera devoción las piezas de los modelos del catálogo de Revell. Sentía especial predilección por el Hawker Hurricane, el Supermarine Spitfire, el Mitsubishi A6M Zero o el Junkers Ju 87, Stuka. La mini enciclopedia aún la conservo, pero los aviones de plástico fueron sucumbiendo en las numerosas mudanzas que jalonan mi biografía.  

El sonido de los cazas suizos surcando el cielo forma parte de mi memoria sonora, al igual que el ruido de los cortacéspedes los sábados por la tarde, el de las campanas de las iglesias durante buena parte de la mañana de los domingos o los cencerros de las vacas casi todos los días del año. En aquel entonces veía los aviones como algo normal, como un juego, y no como un arma de guerra. 

Hoy día estamos muy condicionados por las noticias e imágenes que nos llegan de Ucrania. Además, lo del miércoles vino a coincidir con las manifestaciones de los camioneros que se pasaron casi toda mañana haciendo sonar su cláxones para protestar por la subida del precio de los carburantes, que sonaban como alarmas antiaéreas. Y por si esto fuera poco, los medios de comunicación daban cuenta de cinco buques de la Armada Española patrullando las costas de Malpica, A Coruña y Ferrol.

Galicia no es un escenario de guerra ni mucho menos, pero nada nos garantiza que no pueda llegar a serlo en cualquier momento. No es de extrañar, pues, que cada vez más personas miremos al cielo con cierta preocupación y congoja.

martes, 8 de marzo de 2022

480. Paluso

La entrada de este 8 de marzo de 2022 no podía estar dedicada a otra persona que a la creadora y alma máter de la Asociación Paluso, Chus Iglesias.

Paluso era el nombre del bar que ella y su marido, Serafín, regentaron en el santiagués barrio de Conxo, en el que en 1995 se organizó por primera vez una cena de Nochebuena para todas aquellas personas solas o familias que sintieran soledad. Una iniciativa que empezó como todas las grandes causas, poco a poco, y que luego fue creciendo hasta convertirse en lo que hoy es la Asociación Paluso. No voy a extenderme en dar datos acerca de esta iniciativa, pues para quien quiera documentarse hay abundante literatura en la red. Sólo quiero destacar que la Fiesta de Paluso es sólo la punta del iceberg de una ingente labor de ayuda a personas desfavorecidas de todo el entorno santiagués que se desarrolla a lo largo de los 365 días del año, con mucho cariño y también con mucha dedicación e inversión en esfuerzo, tiempo y dinero por parte de Chus y su marido, Serafín.

El nombre de Paluso es un acrónimo derivado de los nombres Patricia, Luis y Soana, los hijos de Chus y Serafín, dos de los cuales ya no están. A Chus la vida le ha dado muchos golpes, y aún le sigue dando, pero ella es una persona valiente y fuerte, muy fuerte. Pese a todos los golpes recibidos desborda humanidad, alegría, optimismo y unas ganas tremendas de vivir y ayudar a los demás. Posee carisma, mucho carisma, y un entusiasmo que contagia. Reparte abrazos, sonrisas, cariño y lecciones de vida con una generosidad que no conoce límites. Es de esas personas que en cuanto estás en su presencia notas que estás ante un ser especial, único.

Yo tuve la ocasión de colaborar este año por primera vez como voluntario en la cena de Nochebuena y en la comida de Navidad y desde el primer momento me sentí un miembro más de la familia Paluso. Fue una experiencia increíble y muy emotiva. Por supuesto que pienso repetir.

Quiero aprovechar esta entrada, Chus, para en primer lugar, felicitarte por la gran e impagable labor que realizas; en segundo lugar, agradecerte el haberme acogido con tanto cariño en tu familia y, por último, desearte una larga vida al frente de esta tu extraordinaria obra social.

domingo, 20 de febrero de 2022

479. Expectativas

La primera vez que pasó por delante del portalón le cautivó el enunciado del rótulo. Los coches antiguos eran una de sus pasiones. Se pasaba horas delante del ordenador buscando información sobre coches clásicos: el Citroën 2 CV, el Renault 4L, el escarabajo, el Ford Mustang y tantos otros. Por el estado deslucido del rótulo, los coches en él aludidos a la fuerza tendrían que ser modelos antiguos, pensó. Además, por la climatología reinante y por la hora del día era muy probable que el propietario o propietaria saliese a airear el vehículo en un paseo vespertino. Así pues, se sentó en un banco que había enfrente del garaje y sacó su teléfono móvil para llegado el momento poder hacerse con un par de instantáneas del coche. La ilusión y entusiasmo generados por las expectativas puestas en el enunciado de aquel rótulo hizo que las dos primeras horas se le pasaran, como quien dice, volando. Pero según avanzaba la tarde le fue invadiendo la impaciencia y el desasosiego y cuando ya empezaba a anochecer, se dio por vencido, se levantó y se fue a casa decepcionado. Una sensación, la de sentirse decepcionado, que él conocía muy bien y que en los últimos años se repetía cada vez con más frecuencia. Odiaba las señales de tráfico que le alertaban del peligro de toparse con un venado en la carretera, pues en su vida había visto ningún ciervo, o algo que se le pareciese, cruzar la calzada. En una ocasión, cuando se había matriculado en la Escuela Oficial de Idiomas, entró en un bar del casco histórico que lucía un rótulo en el escaparate que rezaba: se habla inglés. Entró para pedir un gintonic y un sandwich de bacon y resultó que el camarero que le atendió le habló en gallego. En los grandes almacenes, cuando se le acercaba una vendedora y le decía: le puedo ayudar, nunca sabía cómo entender ese enunciado, si como una afirmación, una interrogación o como las dos cosas a la vez. Una psicoanalista, a cuyos servicios tuvo que recurrir, por razones que aquí y ahora no procede traer a colación, le explicó que la causa de sus decepciones no estaba en el mundo que le rodeaba, en los otros, en los enunciados ambiguos, sino en él mismo. Según ella, se sentía decepcionado porque se creaba demasiadas o incluso falsas expectativas a partir de indicios muy poco consistentes. Le costó casi un año y medio de terapia entender y aceptar el diagnóstico. Pero al poco tiempo de dar por bueno ese dictamen médico, pasó casualmente de nuevo por delante del garaje, justo en el momento en que el portalón se cerraba y apenas acertó a ver un trozo de un capó rojo carmín, un faro circular y un logo cromado y reluciente con forma de un caballo al galope y una placa de matrícula que contenía una C y un número de cuatro cifras. 

domingo, 30 de enero de 2022

478. A mar

En la asociación Fotoforum de Santiago de Compostela en el actual curso estamos inmersos en un proyecto titulado “construyendo paisaje”. Uno de los retos que se nos planteó a los participantes fue: Si yo fuera un paisaje, sería  

No lo dudé un momento, en mi caso sería una playa, un espacio vital mágico y terapéutico, un pedazo de tierra abrazado al mar que se deja cortejar y acariciar por sus olas. 

El mar es uno y muchos a la vez, a un tiempo eterno y fugaz; va y viene, pero siempre está ahí; es un elemento en continuo movimiento que con sus cambios de estado de ánimo (estados de la mar, lo llaman) unas veces te sacude, pero otras muchas te arropa; aporta paz y serenidad, aunque algunas veces también vértigo y angustia. 

El mar es fuerte, es voluble; te enseña a amar, a respetar y, sobre todo, a diferenciar entre valor y temeridad; es un buen sparring y un excelente compañero de viaje en este camino que denominamos vida. 

El mar es andrógino: puede ser de género masculino y también femenino, aunque uno sólo lo concibe en clave femenina. La mar, así lo denominan los marineros, que son quienes mejor lo conocen y también los poetas, que son quienes mejor lo imaginan. 

Los habitantes del noroeste peninsular disfrutamos de una posición privilegiada para relacionarnos con el mar, pues el gallego es uno de los idiomas en el que mejor se le entiende y supongo que también por eso más se le ama. Todo marinero gallego cuando sale de puerto siempre dice que sae á mar. Algunos pocos nunca regresan, pero los que sí lo hacen, la gran mayoría, vuelven distintos, cambiados, emocionados, apasionados, ebrios de a mar.

martes, 18 de enero de 2022

477. Perder la cabeza

El que acaba de terminar, el segundo año de pandemia, en términos generales ha sido un año horrible. Hay millones de personas sufriendo en el mundo: una galopante crisis económica que enriquece a unos pocos a costa de machacar a los más desfavorecidos; las democracias parece que se derrumban; el cambio climático se manifiesta con olas de calor y de frío cada vez más virulentas; las hambrunas, que nunca faltan, ni los desplazamientos de refugiados, que son usados como moneda de cambio en el tablero político internacional; los movimientos de tropas a lo largo de distintas fronteras del planeta son para echarse a temblar; y el fanatismo y papanatismo se extiende por todas partes a la misma o incluso mayor velocidad que el virus del Covid. Sin ánimo de querer ser agorero, la cosa no está para tirar cohetes (excepto en Corea del Norte).

A nivel personal, en cambio, y no sin un cierto remordimiento de conciencia por todo lo que está pasando en el mundo, tengo que reconocer que el 2021 ha sido un gran año, especial. Un año en el que entré muy sereno y del que salí, por hacer un símil taurino, con alguna cornada, pero por mi propio pie y la cabeza bien alta. En medio hubo encuentros, reencuentros y desencuentros; momentos entrañables, irrepetibles, inolvidables. Emocionalmente este año fue como un viaje en montaña rusa: he recibido y dado más abrazos que nunca, he sufrido y disfrutado como nunca. En eso consiste, creo, en definitiva la vida, en disfrutar y sufrir, procurando no hacer ni que te hagan mucho daño. He recuperado viejas ilusiones y entusiasmos, he crecido un poquito como persona (o eso creo) y me he enfrentado, con mayor o menor éxito, a nuevos retos. He ampliado mi cuaderno de campo con grandes enseñanzas. “Nunca le des la espalada al mar”, “ningún mar en calma hizo experto a un marinero” son dos de tantas reflexiones que he podido ir anotando (¡cuánta sabiduría puede contener una voz marinera!). En fin, que miro atrás y me siento orgulloso de todo lo que vi en los lugares que visité, de todo lo que disfruté, de todo lo que aprendí, incluso (si cabe, de lo que más) de todo lo que sufrí. Recordé y eché mucho en falta a personas queridas que ya no están, pero al tiempo que las eché en falta me sentí arropado por ellas. Mi madre, de modo especial y alguna otra persona, entre las que está ese gran amigo, casi hermano, que tan bien me comprendía y me servía de referente. Una persona que ponía su corazón en todo lo que hacía y no pocas veces perdía por ello la cabeza. Era empático, estupendo, romántico, defensor de causas perdidas, ingenioso, ocurrente, auténtico, también inseguro y vulnerable, un buen cliente  de psicoanalista (aunque mal paciente). La frase “un paciente es un cliente enfermo” es suya, por lo menos fue a él a quién primero se la he oído decir. Recuerdo que una vez le eché en cara esa inclinación suya a perder la cabeza, sobre todo por alguna mujer. “No me importa perder la cabeza”, fue su respuesta, “total, para lo que me sirve”.

Al recién estrenado 2022, en una especie de pequeño homenaje a él y a mi madre, sólo le pido dos cosas: no perder la cabeza, ni en su sentido metafórico, ni en su sentido literal. Léase, que la salud (tanto física como mental), por un lado, y la situación política mundial, por otro, me (nos) permitan seguir soñando y haciendo cosas.

 

PD: cuando estaba subiendo la foto que acompaña a esta entrada al blog, una voz muy conocida y querida, apenas audible, me susurró al oído: “¡hostia, qué bien le sienta ese cuerpo a ese biquini!”. Me giré, pero ya no estaba.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

476. Ciudades espejo

Recientemente he tenido la ocasión de regresar a una ciudad en la que residí y, sobre todo, viví (estos dos términos no siempre son sinónimos) durante cinco años. Unos años, esto hay que destacarlo, que marcaron sobremanera mi biografía. Había vuelto en alguna otra ocasión, pero en viajes relámpago, viajes burbuja, viajes en que uno va, pero no está. Pero esta vez fue distinto, muy distinto, fue un viaje emocional al pasado. Necesitaba un viaje así. Un viaje en el que uno se encuentra con escenarios, rincones, espacios, lugares que han marcado su vida y comprueba que siguen ahí, como si le hubieran estado aguardando, echando en falta. Algunas cosas, muchas, han cambiado. Unas para bien, otras no tanto. Eso es ley de vida, todo es un continuo fluir. Igual nos pasa a las personas, que estamos en un proceso de cambio constante, procurando siempre evolucionar, aunque a veces tengamos la sensación de que involucionamos. Este tipo de ciudades tiene la feliz particularidad de que son como un espejo en el que mirarnos y cuyo reflejo proyecta luz en nuestra memoria. Huelga decir que no todo lo iluminado brilla, pero de alguna manera todo parece cobrar un cierto sentido bajo esa luz. Un espejo, además, que ofrece una suerte de perspectiva histórica, que le permite a uno verse con los ojos de antaño. Resulta muy reconfortante comprobar que, a pesar de los años transcurridos, la mayoría de los principios y valores que uno tenía en sus años jóvenes siguen ahí, sólidos y firmes, y que han salido indemnes de todos los éxitos y todos los fracasos que jalonan su biografía.