viernes, 2 de abril de 2021

459. Toro mecánico

La pasada noche he vuelto a tener uno de esos desvelos productivos en los que el cansancio y la ansiedad por no poder conciliar el sueño se compensan con un buen recuerdo o con una idea para una nueva relatografía. En esta ocasión se trató de un recuerdo que creía olvidado y apareció, así de repente. Una historia que me contó hace tiempo un amigo al que echo mucho en falta, pues se murió no hace mucho por haberse clavado una espina de lubina salvaje en el corazón (véase la entrada nº 448). En realidad, más que una historia es una simple anécdota, pero las anécdotas que contaba mi amigo casi todas son fácilmente convertibles en historias o en relatos breves. En este caso se trata de una confesión extraña, muy en su estilo. En aquella época mi amigo estaba saliendo con una chica un tanto peculiar y me contó que una noche había acudido con ella a una discoteca en la que aquel fin de semana habían instalado como atracción un toro mecánico. A él le había parecido bastante vulgar y ridículo aquel espectáculo, en el que un cliente, por lo general pasado de copas, intentaba infructuosamente sostenerse sobre un artefacto que mostraba un lejano parecido con un toro de lidia y que se sacudía de forma endiablada en todas direcciones. Y no sólo eso, además, en ese ingenio había visto reflejada la turbulenta relación que estaba teniendo en aquel momento con aquella chica. A mí la descripción de su relación sentimental me pareció muy gráfica y precisa. Y también, todo hay que decirlo, muy ocurrente. No pude menos que preguntarle, que con quién de los dos se sentía él identificado, si con el toro o con el jinete. A lo que él, con semblante muy serio y la mirada perdida en el infinito, repuso que ese era el problema, que no lo sabía. 

martes, 23 de marzo de 2021

458. Vínculos

Por mucho que lo intento, no consigo separar texto e imagen. Los vínculos entre fotografía y literatura son tan estrechos y tan fuertes. Por lo menos para mí. Cuando leo un relato veo imágenes y cuando veo una fotografía (o miro a través del visor de mi cámara) leo historias. No sé si esto es bueno o malo, pero es así.

lunes, 8 de marzo de 2021

457. No, quiero

Como viene siendo habitual en los últimos años, en esta fecha para mí cada vez más señalada, quiero dedicar la entrada de hoy, 8 de marzo, a las mujeres luchadoras. A todas esas mujeres que tienen un alto concepto de la justicia y un corazón a prueba de chantajes. Mujeres osadas, heroínas de historias propias y ajenas. Mujeres libres y rebeldes, a las que la vida (y a veces también ellas mismas) les pone muchas piedras en el camino. Mujeres que caen y se levantan, dolidas sí, pero más fuertes, y que cuanto más estrepitosa es su caída, mayor es la dignidad con la que se yerguen. Mujeres con el alma llena de cicatrices, pero que ni con esas pierden ni la ternura en su mirada ni la luz en su sonrisa. Mujeres muchas veces sin grandes currículums académicos, pero que podrían impartir un máster de inteligencia emocional al más leído de los filósofos. Mujeres que saben lo que quieren y luchan por ello con ahínco, si es preciso con uñas y dientes (y no es una forma de hablar). Y mujeres también que por mucho que se lo merezcan, pocas veces, o nunca, consiguen todo lo que anhelan. No obstante y a pesar de todo siguen intentándolo, pues saben que en eso consiste (o debería de consistir) en definitiva la vida: en ir en procura de tus sueños, aunque revientes en el intento.

Va, pues, por todas esas mujeres luchadoras, valientes e insumisas, y de manera muy especial por ti, Patri.

martes, 23 de febrero de 2021

456. Una obra de arte

A veces, por esos caprichos que a veces tiene el azar, se alinean distintos acontecimientos capaces de desencadenar una secuencia de emociones en la mente de un artista que acaban cristalizando en una obra de arte.

En este caso se trató de un inusual retraso en el desmontaje de la parafernalia navideña.

La presencia de una dolencia que suele aparecer una o dos veces al año, nada grave, pero por momentos bastante molesta.

Un proceso electoral en Cataluña.

Una saturación de mensajes en el grupo de Whatsapp J’aime l’art, cuya foto de perfil es una cabeza del David de Miguel Ángel inflando un globo de chicle color rosa.

La idea del espejo en el arte, un asunto profundamente debatido en los últimos chats del grupo J’aime l’art, así como en las sesiones críticas de la asociación Fotoforum.

El reto planteado en el fotoforum de enero, a saber, hacer una fotografía con el color que menos nos agrade. Puesto que me gustan todos los colores, no opté por un color en concreto, sino por una gama con la que suelo tener alguna dificultad. Me cuesta mucho distinguir entre lilas, morados, púrpuras, violetas, malvas, fuscias y similares. En cualquier caso, el tono elegido está muy próximo al rojo, con la intención de resaltar el dolor y el dramatismo de las emociones objeto de análisis.

Por último, y para contextualizar la obra en su momento histórico, hay una referencia velada a la situación que estamos viviendo, en la que es muy fácil caer en el desánimo. Pero muchas veces, si nos observamos bien y nos paramos a pensar un poco, notaremos un cierto alivio al comprobar que siempre hay alguien que está mucho peor que nosotros.

Para titular la obra, como primera opción había pensado en “dadá noel”, pero tras plantearme seriamente la posibilidad de empezar a mover esta creación por el mercado anglosajón, he decidido titularla “the dark side of the clown”, en una clara referencia a uno de los mejores trabajos del grupo Pink Floyd.

Esta obra arte habría que enmarcarla en una suerte de conceptualismo descreído. Es una obra de arte en toda regla, porque, y sin que sirva de precedente, así lo afirma su autor.

martes, 16 de febrero de 2021

455. Recuerdos sin datar

Dicen que los poemas siempre se escriben para alguien (y, según Machado, sólo se escribe sobre lo que se ha perdido, pero eso ahora quizás no venga muy a cuento). Hay poemas que uno escribe cuando tiene, ya no recuerda muy bien, 18, 23 o quizás 31 años, sin saber muy bien por qué ni para quién. Pero ahí están, olvidados en algún cajón sin memoria, mezclados con alguna foto, tarjeta postal o recorte de periódico. Pero un día, cumplidos los 47 años, quizás 50 o 52, los poemas aparecen, así de repente, y adquieren un sentido posiblemente distinto al que tenían cuando fueron escritos. Un sinfín de recuerdos empiezan a cobrar vida: el eco lejano de una canción que viene a llenar el presente de nostalgia; el tren equivocado al que te subiste demasiado apresurado; una confesión que te hizo saltar de alegría; aquella invitación que rechazaste; la llamada que no devolviste y aquella otra que tardaste más de 30 años en hacer; aquel pulso que perdiste cuando llevabas todas las de ganar, y nunca supiste a qué fue debido; el daño que hiciste sin querer, o sin saber; todo lo que diste, sin pedir nada a cambio; aquella negativa que aceptaste sin más; esas personas a las que diste un papel importante en tu historia y cayeron tan pronto en el olvido; y aquellas otras, que parecían no estar ahí, que casi ignoraste, pero el tiempo les otorgó un papel relevante en tu vida; y esa infancia perdida, perdida, pero que nunca te olvida. Y de golpe caes en la cuenta de que lo que más duele no son las pérdidas, sino las decepciones. Pero todas estas evocaciones que emanan de esos poemas han pasado por la batidora de la historia, de tu historia, en minúscula, y en ésta ya no importa el lugar, el día, o cómo se sucedieron los acontecimientos o se escribieron esos versos. Aquí la biografía, tu Biografía, en mayúsculas, se lee como Rayuela de Cortázar, de cualquier manera, sin importar el orden de los capítulos. A estas alturas sólo importa la emoción que perdura, el sentimiento, posiblemente transformado y sublimado. Porque la memoria es selectiva, dicen, y muy puñetera, pero también comprensiva e indulgente.

sábado, 13 de febrero de 2021

454. Carpe diem

Va a cumplirse un año desde que vino a visitarnos el coronavirus y ahí sigue, como un comensal no deseado con el que no sabemos cómo hacer para que se vaya. Ha cambiado nuestras vidas, y de qué manera. La situación se está alargando demasiado y cada uno la lleva lo mejor que puede. Unos mejor, otros peor, y algunos (muchos) ni una cosa ni otra, pues la voracidad del virus se los ha llevado por delante. En un extremo están los que no quieren darle importancia a lo que está pasando y se escudan en teorías conspiranoicas. En el otro extremo están los hipocondríacos que, temerosos de la llegada del fin del mundo, viven encerrados en un búnker físico y mental y rehúyen todo contacto con sus congéneres. Pero tanto unos como otros, en mayor o menor medida, empezamos a estar cansados, hastiados, tocados de los nervios. A los que ya tenemos una cierta edad nos reconforta pensar que antes del confinamiento ya hemos vivido, viajado y disfrutado lo nuestro y que ningún virus nos va a quitar lo bailado. Los más jóvenes, en cambio, confían en su salud y están todavía en esa edad en que uno se cree inmortal, una actitud que les permite mirar al futuro con cierto optimismo. Sé que sentirse inmortal, en el fondo no es otra cosa que no tenerle miedo a la muerte y eso con frecuencia lleva a conductas temerarias. ¿Pero quién de nosotros, confiando en exceso en el factor suerte, no ha cometido alguna vez una temeridad, y la sigue cometiendo (aunque sea cada vez menos y con los riesgos más controlados)? Circular en un coche de segunda mano a 120 km/h por una autopista, ¿no es acaso una temeridad? ¿O comerse un pollo de granja, trabajar a las órdenes de una persona tóxica e incompetente, entrar en un quirófano para hacerse una liposucción, facilitar los datos de tu tarjeta de crédito a un portal de internet, saltar desde un puente colgado de una soga atada a los pies, mantener relaciones sexuales con una persona de la que desconoces el historial médico, cambiar de servidor de telefonía móvil, firmar un crédito con un banco, meter una papeleta en una urna (da igual qué papeleta y en qué urna)? Hoy día casi todo lo que hacemos entraña algún riesgo o peligro y ser temerarios se ha convertido casi en una necesidad. En optimismo y temeridad los jóvenes nos llevan ventaja, sino véase esta imagen. Al fondo se vislumbra un panorama difuso, convulso, amenazador, pero la pareja está a lo suyo, como si el futuro no fuese con ellos o no existiese, vive el momento. Me parece una actitud muy positiva, digna de ser imitada. Es preciso vivir el presente (carpe diem, que en latín el argumento tiene más enjundia). Y si no nos gusta como es, pues reinventémoslo, echándole coraje, humor y fantasía. Ya lo decían Les Luthiers: “No te tomes la vida en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella”.

miércoles, 10 de febrero de 2021

409. Abismo

El gran ventanal de la sala de estar se abre a un océano Atlántico enorme y poderoso, teñido todo de verde y plomo. Me asomo a la cristalera removiendo un capuccino de 50 céntimos con una cucharita de plástico. Cuando voy a darle el primer trago me entra un nuevo WhatsApp en un chat entrañable que vengo manteniendo desde hace un cuarto de hora: C’est le grand abîme du silence, le grand iconnu. Il n’y a rien a faire. Inmediatamente mi imagicación sitúa ese abismo al otro lado del horizonte atlántico. Un abismo frío y oscuro, devorador de memorias frágiles, incompletas y apagadas. Mas de repente un ajetreo de ruidos y voces a mis espalades me rescata de mis ensoñaciones y me vuelvo para ver qué pasa. Al ver correr una enfermera por el pasillo comprendo que el abismo no está en el horizonte marino, sino en la habitación 304 de aquel hospital.