Al di là di
sei fiumi e tre catene di montagne sorge Zora, città che chi l’ha vista una volta
non può più dimenticare. (1)
Cuando estás allí, - le dije -, Saraph no se ve. Eso
no quiere decir que sea una ciudad invisible, sino que en realidad es una y muchas
ciudades a la vez. La transitas y a cada esquina que doblas estás en una ciudad
distinta. Tomas el metro, una línea cualquiera, te apeas en la tercera estación,
sales a la superficie y crees haber cambiado de hemisferio. Incluso la
vegetación parece que cambia de una barriada a otra. Y también los edificios,
los olores, la luz que cae del cielo y la que asoma a las ventanas por la noche;
así como la climatología, la forma en que camina la gente o el maullar de los
gatos. Saraph no la ves hasta que la has abandonado, pues esta ciudad no se percibe
con los ojos, sino con todos los demás sentidos, especialmente con el corazón.
Es, por tanto, una ciudad que existe sólo en ausencia.
Dice una leyenda que Saraph está edificada sobre el
polo positivo de una veta energética y sabido es que estos polos son potentes
inhibidores de prejuicios. De ahí que sus habitantes desconozcan este
sentimiento que tanto entorpece la convivencia. Además, hables en el idioma que
hables, los habitantes te Saraph siempre te entienden. Preguntas algo, lo que
sea, al primero que pasa, da igual en qué idioma, chino, uzbeko o gallego da
Costa da Morte y te responde amablemente. Tú no sabrías decir en qué idioma te replica,
pero lo entiendes. La gente allí se entiende incluso cuando no habla o mismo si
está en silencio.
Una vez que has visitado Saraph, ya no volverás a ver ninguna
otra ciudad de la misma manera. Ya sólo verás (y buscarás) todo aquello que
estas otras ciudades tienen en común con Saraph y obviarás todo aquello que las
diferencia.
Llegado a este punto del relato, Kublai Kan cerró los
ojos y dijo algo en un extraño dialecto que no logré entender.
(1) Le città invisibile; Italo Calvino
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